A.L. (2010)
En esta panadería nos conocimos, llegas con el estómago vacío tratando de saciar tu necesidad. Sin embargo buscas entre tus bolsas alguna moneda para poder comprar algo, tratas de recordar donde colocaste aquella propia que te dio el transeúnte por tu música, pero en tú pantalón desgastado encuentras un hoyo.
Centavo por centavo, vas contando las pocas monedas que has podido ganar, la necesidad es mucha y menor es el capital. Pasan ya de las cinco de la tarde y aun no desayunas, tu estomago solloza por alimento, en tu cara veo toda el hambre que llevas contigo de semanas anteriores.
De tu maletín sacas un violín, lo afinas para provocar un buen sonido, en el piso un sombrero dictará la hora de comer. Las suaves melodías, que tocas con fervor y pasión, alimentan y acurrucan mi alma. Alma tan cansada y triste, hambrienta de sentimientos y amor. Conforme los sonidos se agudizan atraes a más personas a ti, quienes te escuchamos atentos. Mientras creas un ambiente de desolación, la gente se acerca a ti para escucharte. No dejes de tocar violinista, que tengo hambre y necesidad de escucharte, mi cuerpo necesita la tranquilidad de tus notas.
Acercándome al violinista, le llevo aquel pan que se comía con la mirada. Saca los últimos pesos que tiene y me los entrega, pero no puedo aceptarlos y le dije -Yo he de entregarte la comida que necesitas, que tú me has alimentado, me llenaste el alma con tus partituras, quisiera darte más violinista pero es lo que tengo- agradeciéndome nuevamente por su alimento siguió tocando hasta que me llene mi cuerpo y alma de paz.

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